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Luis Marcos

La Tenada del Común

La amenaza del “fracking”

Las últimas noticias relacionadas con la Fractura Hidráulica en España no son nada halagüeñas. Así, la reciente reunión del Consejo de Ministros que preside Rajoy, ha modificado la Ley de Hidrocarburos, introduciendo un nuevo impuesto sobre las empresas y petroleras que realicen explotaciones de petróleo y gas, que irá a parar directamente a las arcas de los ayuntamientos, comunidades autónomas y propietarios afectados.

Con esta reforma, el Gobierno busca reducir la creciente oposición social al “fracking”, asegurando que una parte de los recursos “revierta en las autonomías, entidades locales y propietarios donde tengan lugar”; un incentivo que podría ser calificado sin margen de error como una forma de comprar voluntades en las zonas afectadas.

También recientemente hemos visto cómo el Tribunal Constitucional está procediendo a tumbar las leyes con las cuales varias comunidades autónomas pretendían liberar a sus territorios de la exploración y explotación del “Gas No Convencional”, mediante las agresivas tecnologías de la Fractura Hidráulica. Finalmente, el Consejo de Gobierno de la Junta de Castilla y León ha adoptado medidas que persiguen “agilizar” la tediosa tramitación de los permisos solicitados en nuestra comunidad para investigar y extraer el “Shale Gas”.

La Fractura Hidráulica, una tecnología que ha experimentado en los últimos veinte años un enorme crecimiento en los Estados Unidos, para extraer gas natural retenido en capas de pizarras y areniscas profundas, pretende extenderse en Europa, ante las suspicacias de muchos de los ciudadanos del Viejo Continente. Así, las empresas americanas que pretenden liderar su expansión por Europa están encontrándose mucha resistencia, fundamentalmente social y científica, ante las amenazas que plantea sobre el medio ambiente y sobre un modelo de vida tradicional y sostenible.

Ante la lentitud de sus avances, el “lobby del fracking” en España, sólidamente representado por la Asociación Española de Compañías de Investigación, Exploración y Producción de Hidrocarburos y Almacenamiento Subterráneo de España (ACIEP), que agrupa a las principales petroleras españolas, como REPSOL y CEPSA, y a las empresas del “Fracking” en nuestro país como BNK y el EVE (Ente Vasco de la Energía), presiona a las instituciones para que lubriquen todos los procesos administrativos, algo a lo que el ministro José Manuel Soria en Madrid o el consejero Tomás Villanueva en Castilla y León,se dedican con fruición, rayana en el servilismo.

Como estas acciones siguen sin ser suficientes, la “brunete de la fractura hidráulica” en España impone la censura a informes técnicos que alertan de los riesgos del fracking, como los realizados por el Instituto Geológico y Minero de España (IGME); doblegan la imparcialidad de los medios de comunicación, bajo promesas de jugosas campañas en publicidad; seducen a periodistas y alcaldes con lujosos viajes a la Meca del fracking europeo: Polonia; amenazan a propietarios poco informados con expropiaciones rápidas y ruinosas, si no venden con celeridad sus fincas; o realizan “actos informativos” en que las voces críticas con la fractura hidráulica o son amordazadas, o sencillamente no están presentes.

A pesar de todo ello, tierras y gentes, a las que desde los grandes despachos de las multinacionales se suponía presumiblemente vencidas desde hace décadas, se informan, se organizan y protestan, amenazando en convertirse en un desorganizado pero resistente ejército que plantará cara a los pozos de perforación, con la tenacidad que lusitanos, astures, celtíberos o cántabros opusieron a las “civilizadoras” legiones romanas.

La montaña palentina, Las Merindades, los altos valles de Cantabria, las llanuras de La Rioja, las montañas de Cameros, las sierras de la Ibérica, las estepas sorianas, las abruptas quebradas del Maestrazgo, las tierras turolenses, los espacios alcarreños, el Señorío de Molina o de los bosques conquenses, entre otros territorios a quienes ya se daba por muertos y enterrados por la despoblación, el envejecimiento, el abandono institucional y el olvido de todos, se niegan a ser nuevamente carne de cañón ante unas perforaciones que amenazan sus formas tradicionales de ganarse la vida.

Y así, ya no no sorprende encontrarte en la plaza de cualquier pequeña localidad, sentado junto a la fuente, a un arrugado abuelo con boina que te explica con detalle la pléyade de sustancias contaminantes que “los del fracking” inyectarán en los pozos, detallando una amplia gama de metales pesados peligrosos, compuestos orgánicos aromáticos tóxicos y sustancias radiactivas, con la seriedad de un catedrático.

En seguida, un ama de casa se acerca y detalla los numerosos acuíferos existentes en la zona, y el efecto devastador que por cientos de años provocaría la contaminación de las aguas subterráneas que alimentan fuentes, manantiales, ríos y arroyos, denunciando el elevado consumo de agua que exige el fracking, y relacionando con agilidad los seísmos provocados por la Plataforma Castor de REPSOL en la costa mediterránea, con los microterremotos que inducirá la fractura en los plegados y fallados estratos de su comarca.

Formado ya el corro, aparece un joven barbudo que nos habla de que hay que cambiar de modelo de desarrollo, y que la energía del futuro o es renovable o no será, por lo que sacar carbono del fondo de la tierra, por más “poco convencional” que sea, para quemarlo, incrementado las emisiones de gases de efecto invernadero y agudizando los efectos del Cambio Climático, no interesa nada más que a los accionistas de las compañías petroleras y a los políticos que cuando terminen su mandato se colocarán en sus bien pagados Consejos de Administración.

Unos y otros te hablan del destrozo del paisaje, caminos, balsas de lodos, pistas, vertidos, residuos y contaminación. Gritan desengañados que no creen ya nada de promesas sobre miles de puestos de trabajo a crear, y que su vida actual y su futuro dependen de la calidad de sus producciones agrícolas, de los pastos de su ganado, de la miel que destilan sus abejas, de los paisajes y monumentos que atraen a los turistas a las casas rurales, de la creatividad de sus artesanos y del cariño de quienes cuidan a sus mayores.

La batalla del “fracking” en las comarcas más abandonas del medio rural del interior peninsular, es la batalla de David contra Goliat, de la naturaleza contra la barbarie, del pequeño frente al poderoso, de la razón frente a la manipulación, de la virtud frente a la codicia, de los olvidados frente a los avasalladores.

Hace más de medio siglo, una remota comarca del noroeste burgalés, La Lora, se hizo famosa en toda España, porque allí se encontró petróleo, “el oro negro”, que iba a cambiar para siempre la calidad de vida de sus gentes, no solo en pequeños pueblos como Ayoluengo o Sargentes de la Lora, sino en todo Burgos. Más de cincuenta años después, el pegajoso hidrocarburo sigue saliendo de los grasientos balancines que se extienden por el páramo.

Los pueblos de La Lora se fueron, como todos, abandonando; los jóvenes se marcharon a Bilbao, como nos contaba el señor Cayo en la novela de Delibes; los puestos de trabajo nunca llegaron, los arroyos, los suelos y las fuentes se contaminaron para siempre, el ganado se envenenó, y la riqueza con que sueñan a diario quienes viven en la miseria pasó de largo como los americanos en Bienvenido Mr. Marshall.

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