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Luis Marcos

La Tenada del Común

Pregón de pueblo pequeño

El pasado mes de septiembre, invitado por su alcalde Eduardo Vadillo, tuve el honor de pregonar las fiestas de San Adrián, en la pequeña y entrañable localidad de Quintana Urria, en el corazón de La Bureba. Un bello y recoleto rincón, de histórica milenaria, dotado de aguas subterráneas abundantes y de calidad, poblado por unas pocas decenas de habitantes, y representativo de la realidad actual de esos olvidados miles de pequeños pueblos castellanos.

En dicho pregón, que se desarrolló, como en las atávicas costumbres de la democracia directa de la Castilla Rural, en el pórtico de su Iglesia, expresé mi sincero orgulloso de poder compartir con los vecinos de Quintana Urria sus entrañables fiestas. Recordé que las fiestas de un pueblo son ocasión para divertirse, para pasar un rato agradable, para compartir tiempos de charla y alegría; están las fiestas marcadas en el calendario, como un mojón en mitad de las tierras, como un hito en el camino, que alcanzamos al transcurrir otros 365 días… pero también son un tiempo y un espacio para la convivencia, para el recuerdo, para nuestra reflexión interior, para hacer balance, para construir proyectos.

Las nobles gentes de Quintana Urria, como las de tantos y tantos pequeños pueblos, siguen aquí, acercándose a su pueblo, orgullosos de pertenecer a un pueblo pequeño, pero humildemente sobrado de honestidad y gallardía. Nuestros mayores nos cuentan las grandezas y las miserias de hace décadas, las anécdotas y los sucesos, ese hilo continuo que teje la tela milenaria que forja una Comunidad, a lo largo de distintas épocas, de cientos de familias, de decenas de generaciones.

Las cosas que forjan la cotidianeidad del pueblo nos hablan de la despoblación, de la crisis económica, de los jóvenes que se marchan, del envejecimiento, de los recortes en los servicios sociales, pero nosotros, herederos de una estirpe que tuvo que pasarlas verdaderamente canutas, no vamos a dejar que ni el desaliento ni el desánimo seque los brotes de nuestra ilusión y de nuestra esperanza, ese convencimiento íntimo que tenemos de que saldremos adelante, de que siempre hay que ir hacia adelante.

No nos olvidamos, en nuestras fiestas, de los que ya no están entre nosotros, que han pasado a forjar esa cadena humana que nos une a nuestro pasado, y que nos cose, generación tras generación, con nuestros antepasados, con la comunidad humana de todos quienes han construido los olvidados pueblos de nuestra Castilla… y en las fiestas, sacaremos siempre algunos momentos para recordarles, porque sabemos que nadie muere del todo mientras permanezca en el recuerdo de quienes le conocieron.

Es tiempo de fiestas, pero también de nostalgias, porque el paso inexorable del reloj nos marca el inevitable camino que ya han transitado los ausentes. En el humilde pregón festivo que compartí con los vecinos de Quintana Urria, quise rendir homenaje a todos los pequeños pueblos de nuestra Castilla rural, encarnados ejemplarmente en Quintana Urria.

Porque ahora que tanto se desdeña a las pequeñas localidades del campo castellano, acusándolas de innecesarias y subvencionadas, conviene recordarlas y ponerlas en valor, no solo por respeto a un pasado milenario que han protagonizado, sino porque sin ellas, el futuro de la sociedad urbana sería triste y oscuro.

Pueblos como Quintana Urria, justamente orgullosos por sus campos y montes, sus ricos acuíferos, cuya agua embotellada se consume en toda España, su valioso arte, como el de la Iglesia de San Adrián y sobre todo sus gentes, dignas sucesoras de los autrigones que se enfrentaron a las legiones romanas, o de los foramontanos altomedievales que repoblaron estas tierras y fundaron estos pueblos, o que hoy defienden los derechos de sus vecinos en asociaciones reivindicativas como las de los Pueblos Olvidados.

La España que hoy conocemos sería impensable sin el duro, sacrificado y silencioso esfuerzo realizado por miles de pequeño pueblos castellanos que hoy pretenden ser arrojados al basurero del olvido y de la miseria. Y de estos miles de pequeños pueblos han salido los brazos que han trabajado en las fábricas de las regiones industriales de la periferia, el ahorro que ha permitido las inversiones y obras que ha realizado el estado, el agua, la energía, la madera, la piedra, los cereales, la producción agrícola y ganadera imprescindible para el crecimiento de las ciudades.

Pueblos como Quintana Urria que atesoran el paisaje, los cotos de caza, las aguas limpias y claras, el patrimonio cultural y artístico, las tradiciones y la identidad, y que hoy ven como los poderes dominantes en las sociedades actuales, les dan la espalda olvidando que estos campos frenan el cambio climático, albergan los recursos naturales y protegen la naturaleza y el patrimonio cultural, etnográfico y artístico.

Pueblos pequeños en cuyo aire se respira el aire limpio, donde el silencio nos trae las voces y los sonidos de sociedades menos deshumanizadas y de una naturaleza más integrada en la vida cotidiana de las gentes.

Por tanto, en Quintana Urria hay que clamar ¡Honor a nuestro pueblo! y Honor a todos los pequeños pueblos como este, especialmente en los días de fiesta, que reúnen a gentes sencillas y trabajadoras, gentes honestas y transparentes, gentes nobles y entregadas, gentes de pueblo, a quienes hoy nos dicen que ya no somos necesarios.

Y como no van a ser hoy más necesarios que nunca la gente de los pueblos… gente que distingue la cebada del trigo, el roble del quejigo; gente que sabe que plantas debe comer el ganado y cuáles no, gente que sabe trabajar la madera y la piedra, gente que sabe retejar una casa, o desaguar un camino, gente que cultiva un huerto, y se orienta en el bosque… Gente en suma, que sabe dar el mejor consejo a los nietos, que sabe vivir a veces en la abundancia y casi siempre en la escasez, gente educada en cuidar con más esfuerzo y dedicación lo común, lo que es de todos, que lo particular, lo que es de cada uno.

Gente que sabe contar las pequeñas historias de los antepasados a la luz de la lumbre y que atesoran los grandes relatos de toda una comunidad. Gente de pueblo, de pueblo pequeño, que sabe estar de pie cuando el sol abrasa, o cuando la helada endurece la tierra, cuando el viento te corta la cara o la tormenta anega calles y caminos.

Y nos dicen ahora que la gente de pueblo, de pueblo pequeño como Quintana Urria no es necesaria… En este mundo de grandes ciudades y urbanizaciones… si alguien es realmente necesario… si alguien es estrictamente imprescindible… es la gente de pueblo, de pueblo pequeño… como Quintana Urria.

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